El tráfico bogotano ha sido y será el gran problema de la capital. Sus habitantes a menudo se quejan de los trancones, del ruido, de las multitudes y de un sistema de transporte aún indescifrable para el que no tenga un Smart phone.

Parece ser un foco indudable de estrés y entonces las peleas con movimientos agresivos de los automóviles, insultos, peleas y hasta bloqueos son de esperar. Lo que no hemos entendido es que tenemos un espacio de esparcimiento único. ¿Por qué no aprovechar la hora y media que en promedio tardamos en nuestros desplazamientos para pensar en el día, o para solucionar un problema personal, o para inventar una historia? Cortázar nos ha hecho la invitación de ver un trancón con los ojos con los que se ve una película. No hay forma de negar las miles de relaciones que se pueden tejer alrededor de un trancón. Alguien se puede enamorar, o puede estar sufriendo por quién se perdió en el trancón anterior, o decidir que ese día fue el último de su antigua vida.

Ya nos equivocamos los bogotanos al comprar dos carros por casa pensando en que así, al menos, íbamos a llegar más rápido. Equivocadamente resolvimos la manera de esquivar el pico y placa sin sobornar a un policía o inventándole una intrincada historia. Ahora esos carros están en el garaje y no usarlos perdería la gracia de los dos créditos descontados del salario mes tras mes. Entonces a los que tengan carro: ¡Sáquenlo y vamos a jugar! De pronto el carro de al lado será conducido por mi futura esposa, o mi un poco más futura ex esposa. O tal vez el de atrás querrá ser mi compañero de viaje. Con el de la izquierda me gradué del colegio.

Y si el trancón fuera más largo de lo esperado hagamos un plan. Que mi un poco más futura ex esposa lleve los vasos y yo llevo termos con agua caliente para hacer tinto. El que está atrás mío ponga bizcochos y tenemos las onces armadas. Música menos mal tenemos pero nos podría faltar mantequilla y mermelada.

ILUSTRACIÓN TRANCÓN DANI

El sol va a caer y entonces nos vamos a encontrar. Puede ser en la Caracas, o en la 80, o en la autopista Norte. La señal para los que quieran jugar van a ser las luces de los carros: si están prendidas están con nosotros. No podemos permitir que se nos vuelva una insulsa fila de carros así que por favor con actitud. Juguemos a que se pueden enamorar del de la derecha, o de la de la izquierda. Juguemos a que ese trancón no es nuestra culpa sino gracias a nosotros pues, en efecto, nosotros los construimos. No le pudimos dar a los carros el uso que les corresponde pero podríamos decir con tranquilidad que al menos encontramos qué hacer con ellos.

Pero no nos olvidemos de los que no tienen carro. De esos que se ven pero se confunden por la cantidad de cuerpos que logran entrar por las puertas de los buses. Invitémoslos al juego que mientras más seamos mejor. Así, además de la esposa/ex esposa y del compañero de viaje estará la amante, el confidente y el enemigo.

Veámonos hoy a las 6:30 y hagamos una fiesta. Si de motivos es el asunto, alguno de tantos que nos vamos a ver allá estará de cumpleaños, o entusado, o lo ascendieron. Deberíamos incluso llevar un regalo solo por si acaso.

Así podríamos dejar de pensar que estamos solos en la ciudad. Así nos podríamos dar cuenta de que estamos encerrados en un mismo lugar más de seis millones de personas para dejar de actuar como extraños y empezar a vivir como vecinos. Llevemos la alegría de los barrios a toda la ciudad y hagamos un carnaval sin importar que sea febrero o diciembre.

Hagamos lo posible para que al llegar a casa no digamos con resignación y cansancio que tráfico tan… o nuestro alcalde es un… En cambio, llegaremos a casa y diremos ¡Que buen trancón! O tal vez ¡el mejor trancón de mi vida!

 

Por Alejandro Calderón Merchán /Ilustración de Daniela Briceño